Una de vampiro…

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Son las 11 de la noche y camino por las calles de esta enorme ciudad. Es una acera amplia que da hacia las escaleras de la torre B. Camino tranquilo, observando alrededor, pero sin concentrarme en nada. La calle esta despejada, uno que otro vehículo a intervalos acompasados, pocos transeúntes. Me siento en uno de los primeros escalones y enciendo mi primer cigarrillo de esta noche. Absorto en mis pensamientos he dejado de percibir el mundo. El vigilante en su ronda nocturna se me acerca cauteloso desde los escalones superiores. Me observa, pero debo contrastar con su imagen mental de un vagabundo o un borracho, simplemente me observa. Aunque me molesta la insistencia en su mirar, opto por no hacerle caso. Tengo sed, hace tiempo que llevo esta sed que me sobrepasa y no me deja pensar. Me siento ahogado y mis instintos me dicen lo que debo hacer, sin embargo, la apatía que me acompaña en estos últimos días hacen que soportarla sea llevadero. Alguien se acerca, en la distancia logro percibir la silueta lejana de una dama que acaba de cruzar la acera. Su taconeo, apenas perceptible, normalmente no me deja lugar a dudas, es un paso apurado, debe medir no más de un metro sesenta y cinco, es delgada y camina con ese hechizo mágico de las latinas en sus caderas. Me levanto y espero que el taconeo se haga audible, la espero sin emoción, ya esta próxima a aparecer frente a nosotros, el vigilante, que ya la escucha también la espera. La vemos pasar frente a nosotros, no voltea porque se sabe observada, es una regla tácita, no se deben mirar los ojos de los extraños, y mucho menos sola de noche, aunque sea un paraje iluminado. Dejo pasar algunos segundos y sin pensarlo demasiado empiezo a caminar en la misma dirección de la mujer que acaba de pasar. Puedo percibir la mueca pérfida del vigilante, con sus instintos mortales impregnados de predecible imaginación. Decido girar y observarlo directamente a los ojos, baja la mirada en parte descubierto y en parte intimidado.

Sigo el taconeo a una prudente distancia y se adivina el sinuoso andar en la oscuridad. Acelera el paso, acaba de sentir mi presencia o mi ausencia. Es la primera vez que me percibo descubierto. Ella se detiene, el pánico la desorienta. Desde donde estoy puedo oler su miedo, su corazón se acelera y su respiración se agita, exuda adrenalina y sus dilatadas pupilas buscan en las sombras. Se ha volteado, se sabe perseguida, su esfuerzo fútil me produce una sonrisa irónica. Decido adelantarme, ella solo siente una brisa fría. Aunque el frío proviene de su miedo, en lo profundo de la psiquis humana siempre se teme a lo que no se conoce, pero su instinto está en lo cierto. Ahora la veo venir, ha comenzado a caminar mucho más rápido, ya su paso no es tan rítmico, es un caminar nervioso que dista mucho del movimiento provocador instantes atrás.
La sed me impide ser paciente, decido aparecer frente a ella detrás del árbol que esta llegando a la esquina. Después de todo ya he jugado suficiente. Le salgo al encuentro y sus ojos se encuentran con los míos, casi puedo imaginar sus pensamientos mientras me acerco con movimiento certero a tomarla por el cabello. Es hermosa, pero no estoy contemplando su belleza. La arrincono contra el muro y después de un instante de resistencia parece comprender que es un esfuerzo inútil. Mis colmillos penetran la carne trémula de su largo cuello y solo logra emitir un pequeño gemido. Bebo hasta saciarme, bebo con pasión sin soltarla ni un instante mientras su corazón parece salir de su pecho. Lentamente su expresión se suaviza, sus ojos de animal asustado van quedando vidriosos y sin vida, su respiración se torna suave y relajada, y su pulso se debilita. Sigo bebiendo ya sin premura, mi sed ha sido saciada, solo la gula me guía en los instantes finales.

Suelto el cuerpo ahora sin vida que se desliza para caer pesadamente sobre el concreto. Algunas pertenencias han quedado sobre la acera. El celular repica con la canción de moda desde su bolso e impulsa mi curiosidad. Ahora sabrán que algo ocurrió, que ella no llegara a casa esta noche. Tomo el celular, solo para observar la pantalla brillar “mi niño llamando”. Lo suelto algo consternado, aunque han pasado muchos años, lo que queda de ser diurno en mí, a veces se deja salir. Me permito un instante de culpa, mucho menor del que sienten aquellos que han criado un animal desde pequeño para luego devorarlo en la cena. Solo hay una diferencia, los mortales deben tasajear y cocinar los cuerpos que consumen para eliminar sus expresiones. Me repito a mi mismo “son solo ganado”.

Enciendo un cigarrillo y camino despacio, un perro ladra a lo lejos. Siempre lo hacen, hasta que me les acerco lo suficiente. No sé cuanto dormitaré ni cuando volverá mi sed. Después de todo, tengo toda la eternidad.

Reinaldo Durán R.